Volver a casa
¿Cuál es mi lugar en
el mundo?
Se habla mucho del duelo
migratorio cuando dejamos nuestro país de origen para vivir en otro lugar, pero
poco se dice sobre el duelo que enfrentamos al regresar. Y sí, hay que
despedirse de la vida que dejamos atrás, con todas las experiencias y aventuras
vividas.
Cuando viajamos, nos sentimos
libres: vamos, venimos y solo pertenecemos a nosotros mismos. Sin embargo,
cuando decidimos regresar, nos invade una extraña sensación, la de no ser
"ni de acá ni de allá". Nuestro país ya no es el mismo, han cambiado
las calles, los grupos sociales, las relaciones se han reconfigurado. El tiempo no se detuvo para los que se quedaron. Es ingenuo pensar que podíamos cerrar nuestra vida con llave y esperar que, al abrirla meses o años después, todo seguiría intacto. Pero lo más
desafiante es que nosotros también hemos cambiado.
Hay artículos de opinión sobre psicología migratoria que comparan al viajero con una pieza de rompecabezas que, al viajar, se "limó" los bordes o cambió de forma. Al intentar volver al tablero original, simplemente ya no encastra.
Nos encontramos con una fusión de la persona que se fue y la que nació al entrar en contacto con nuevas culturas, ideas, religiones y estilos de vida. Y eso da miedo. Nada es seguro, nada es "como siempre". Regresamos buscando nuestro lugar, estabilidad y tranquilidad, muchas veces agotados tras meses de llevar una mochila pesada en nuestra espalda. Pero, en lugar de encontrar esa paz, nos enfrentamos a cientos de preguntas sin respuesta. Aunque, paradójicamente, también se abren nuevas oportunidades.
A menudo escuchamos en nuestro entorno: "Si ya tienes lo que querías, deberías estar feliz". Esa presión social nos empuja a disimular la incertidumbre tras una sonrisa, para no incomodar a quienes nos reciben con amor pero sin comprensión real del proceso. Por eso, creo que es vital validar la tristeza. Hay que permitirse duelar a la persona que fuimos para poder integrar a la que somos: una versión enriquecida por tus nuevas experiencias, conocimientos e ideas.
En definitiva, el impacto
emocional de regresar es tan fuerte como el de partir. Nos toca reconstruir una rutina desde cero, aceptando que lo que antes nos llenaba, hoy nos resulta ajeno. Solo cuando logremos abrazar y conocer a esta nueva versión de nosotros mismos, volveremos a encontrar nuestro lugar.


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